"Erase
una vez hace mucho tiempo en el gran océano azul, vivía una pequeña ola
enamorada de un caballito de mar muy valiente. La ola intentaba llamar la
atención del caballito de mar, pero siempre nadaba por debajo de ella y nunca
la veía cuando ella rompía en la orilla...” estas palabras ponen fin a una
película que vi hace años, de la cual no recuerdo prácticamente nada, solo este
final.
Las palabras anteriormente citadas me resultan muy conmovedoras,
aunque lo cierto es que aún no se el por qué, ya os digo que son sacadas del
final de una película de la cual no recuerdo prácticamente nada, pero me
gustan, de eso estoy segura, y no he visto mejor forma de empezar mi carta que
con ellas.
Ya ha pasado un año, parece mentira ¿verdad?, no soy consciente de cómo el
tiempo fluye a mi alrededor, hace 367 días que conversaba contigo en aquella
cama del hospital, y a veces, cuando lo pienso creo que tan solo han pasado un
par de meses. Hace 369, 370, 371, 372, 373… días que te daba de beber paletitas
de limón y agua en forma de gelatina, (esta última estaba realmente mala
¿verdad?, yo la probé). Puede que me equivoque a la hora de nombrarte alguno de
estos días con minuciosa exactitud, pero sé que no me equivoco a la hora de
decirte que llevo 22 años de mi vida, con sus meses, sus días, sus horas, sus
minutos, sus instantes, queriéndote con todo mi corazón.
A veces caigo en un mar de dudas, y me pregunto si hice bien en ver momento
tras momento como se consumía y se iba físicamente de nuestro lado una de las
personas más importantes de mi vida, me pregunto si hice bien en decirte que te
pondrías buena cuando todos sabíamos que era imposible, me pregunto… A día de
hoy no lo sé, de hecho creo que nunca lo sabré, pero pienso que si no lo
hubiese hecho, me habría arrepentido el resto de mi vida.
De ti me quedo con muchas cosas, pero en especial con un regalo que me diste
hace hoy justamente un año, a las 18:01 de la tarde, una lágrima. Una lágrima
que se apoderó de mis retinas y de mi corazón, una lágrima que me da fuerzas,
una lágrima que se está fundiendo con las mías en este preciso momento. Y te
siento tan cerca…
Y es que ya ha pasado un año, y no hay un solo día que no te recuerde.
Cuando nos juntamos, me es meramente imposible no mirar a la silla de madera,
vieja, con la espaldera rota, en la que tú siempre te sentabas en la cochera,
en el rincón, y reímos al recordar cómo decías “Mari Carmen acércale pan a tu
hermano” no sabes el coraje que me daba que me dijeras eso, pero tampoco sabe
el mundo lo que daría porque me lo dijeses una vez más… O cuando le acercabas a
los titos los platos que por tu lado de la mesa habían sobrado y luego les
decías “ay hijo no comáis más que se vais a poner muy gordos”, o cuando le
dabas patadas a mi hermano por debajo de la mesa para que no le contestara a mi
padre mientras este le reñía, y mi hermano te decía “abuela, ¿por qué me das
patadas por debajo de la mesa?”… Podría contar mil anécdotas, escribir mil
recuerdos, y no habría espacio en el mundo para plasmarlo.
Abuela, aquí todos seguimos queriéndote exactamente igual que hace un año, y si
viviésemos 1000 años más, podría asegurarte lo mismo. Es lo que tienen los
corazones como el tuyo que son amados en el recuerdo y nunca enviados al mar
del olvido.
Una foto, un olor, una marca tuya en el sofá, una anécdota, una frase… un
recuerdo precioso que inunda la mente de los que aquí te recordamos.
Bueno me despido ya…
Hoy 21 de Mayo de 2014, al cielo mando estar carta, escrita por
una de tus nietas, plasmando el amor de toda tu familia.
Te quiero