El jueves fue mi día de mala suerte, uno de ellos. Olvidé en
casa la tarjeta del bus y tuve que ir andando desde san Bernardo al Rectorado,
en dirección a la Universidad.
Paseé escuchando “menos mal” de Manuel Carrasco, canción que
me encanta, pero siempre con la cabeza agachada. De repente un señor con una
bicicleta me gritó “estúpida” , aún no se el porqué…
Con el susto levanté la cabeza, mi canción terminó, y por un
instante miré a mi alrededor y observé. Observé una ciudad ruidosa, con un
fuerte olor a gases de coches, enchaquetados con grandes maletines de cuero en dirección
a los juzgados, abuelos paseando, guiris,
numerosos estudiantes de diferentes nacionalidades, modas… observé numerosas
razas, un gran número de vagabundos pidiendo limosna con una canastilla de
mimbre en la mano, y en ella, escasas monedas, otros con un carro de un
supermercado lleno de chatarra, otros dormidos en los bancos del Parque del
Prado.
De repente entre la gran masa de coches que circulaban junto
a mi por la carretera, pude ver un carro lleno de trastos viejos tirado por un…
burro. “¿Un burro?” Pensé… Solo había presenciado ese paisaje en los pueblos y
en pocas ocasiones, en fotos de mis abuelos cuando mis padres eran pequeños.
Solo había presenciado esa imagen bajo las palabras de mis mayores, cuando
hablan de un pasado invadido por la pobreza y la necesidad, la hambruna y las
enfermedades, un pasado donde las fotos eran en blanco y negro. Y en ese
instante pensé, ¿volverán a aparecer en blanco y negro nuestras caras sobre una
fotografía?¿volveremos a pasear en burro?¿volveremos a valorar el cariño antes
que el dinero?¿volverá la peseta?¿y el trueque?¿volverán los trabajos de sol a
sol?¿algún día desapareció la figura del “señorito”?
Miré a los indigentes que dormían sobre cartones en los
bancos del parque, rodeados de orines y pensé ¿qué vidas llevarían esos hombres
hace escasos años? No todos los que así se encuentran fueron alcohólicos y
drogadictos, muchos fueron albañiles, fontaneros, camareros, herreros, incluso
me atrevería a decir que algún que otro empresario no se escapa.
Dejé de mirar a mi alrededor, me apresuré y llegué a la
universidad en escasos minutos. Ese día había madurado y aprendido más que un
mes de mis clases. Me sentí tan afortunada de estar vestida con la ropa que
quería, estudiando lo que más me gusta y con el beso que mis padres me dieron
antes de salir hacia la parada del bus.
Ahora sí que lo pienso, bendita aquella hora en la que
olvide la tarjeta del bus en el escritorio de mi habitación.
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